Estacionado en una calle en la que nunca había estado en mi vida tuve que detenerme a pensar que es lo que iba hacer. No había silencio dentro de la camioneta, había discusiones de si teníamos que regresar, de por que no debíamos regresar y finalmente de la suerte de nuestro amigo, el sonido de la puerta de la camioneta al abrirse nos hizo voltear mientras que Romeo nos decía –Bueno, yo creo que yo, ya me voy a mi casa– no alcanzo a poner un pie fuera del vehículo cuando ya lo habíamos agarrado entre todos –Mira cabrón, tu nos metiste en esta bronca y no vamos a dejar a chucho desamparado, tu no te vas a tu casa hasta que lo hayamos encontrado–. Romeo como llamaremos al ingenuo en turno no era precisamente nuestro amigo, era el clásico amigo de un amigo que se nos pegaba en las serenatas, ya en la escuela sabían que salíamos seguido de serenata y nunca faltaba quien aprovechaba para llevar gallo gratis a nuestras costillas, los días como el 14 de febrero esta clase de “amigos” proliferaba, llegamos un día a traer 3 camionetas llenas, solo aquellos que eran regulares o traían guitarra estaban en la lista de paradas, a los demás solo les decían “Si alcanzamos vamos”, claro que nunca era nuestra intención cumplir con esta promesa; Yo no tocaba la guitarra pero mi papa me prestaba la camioneta y eso me hacía imprescindible en las serenatas ya que ir en bicicleta no era una buena idea.

Ahí estaba Romeo como sospechoso de la PGR alumbrado por una pequeña luz y rodeado por 5 hombres enojados, –¿Ahora que vamos hacer?– dijo Romeo un tanto asustado; tenemos que regresarnos a buscarlo y tu nos vas ayudar a encontrarlo, el pobre puede estar herido en medio de la calle. Marco me miró un tanto preocupado: No podemos regresar en el mismo carro, si nos ve el cuñado de este imbécil decida vengarse de nosotros, vamos a mi casa por el taxi de mi papa, que éste se baje a buscarlo en la calle, mientras ustedes lo buscan en la colonia por si alcanzo a escapar y esta esperando que regresemos por él. Sonaba como un buen plan y no podíamos perder más tiempo, encendí el motor y me dirigí hacia la casa de mi mejor amigo aún con miedo de saber que es lo que había pasado con Chucho. No tardo mucho en bajar Marco de la camioneta, los perros de su casa ladraron como siempre lo hacían cuando escuchaban un carro frente a la puerta. Mientras esperábamos a que sacara el coche, Héctor me preguntaba la hora –Son 15 para las 3– respondí al ver mi reloj por un momento, una vez que estaciono detrás de mi sacamos a Romeo como si fuera un secuestrado y lo metimos en la parte de atrás del taxi, yo te sigo y cuando estemos cerca doy una vuelta, nos vemos en 20 minutos en la esquina del semáforo a dos cuadras de donde estábamos. Nuestra búsqueda por la colonia inicio, casas a obscuras, automóviles, gatos y un borracho dormido en la puerta de una casa, pero ningún rastro del desaparecido o su singular instrumento, recorrimos los lugares que se nos había ocurrido e incluso algunos que no conocíamos pero aún no había rastro de nuestro amigo. Pasados los veinte minutos pactados me estacione cerca del semáforo que a esa hora ya no estaba funcionando, pasaron diez minutos y aún no aparecía el taxi que tanto esperaba, ya había fumado varios cigarrillos y la imaginación volaba, ¿Estará herido, lo habrían matado?, que iba a decirle a su madre cuando supiéramos que había pasado con su hijo; el claxon del otro carro detuvo mis pensamientos y Marco se me acerco diciendo: no lo encontramos, buscamos con la linterna algún rastro de sangre pero no encontramos nada. Ni el tololoche, ni sangre o el desaparecido, en todo había pensado menos en esto, ¿Qué le voy a decir a su madre? –No pues fíjese señora que se nos perdió en medio de una balacera–. Arturo en ese momento nos dijo que tal vez la policía lo había agarrado, el ruido de las balas pudo haber atraído a una patrulla, si estaba herido estaría en la cruz roja, si estaba muerto en el SEMEFO o si había corrido con mejor suerte tal vez estaría en Barandilla. Veinte para las cuatro estamos en la Cruz Roja, entramos pero el guardia en turno nos dijo que solo podía pasar uno, Marco que era el que estaba más adelantado entro mientras el resto salimos y esperamos en la entrada fumando como si fuéramos padres primerizos. Eran los años noventas una época en la cual solo los más ricos ejecutivos tenían un celular, era una cosa que solo veías en algunas películas, uno no piensa en los problemas que te sacan (o en los que te meten) estos aparatos a los que ya estamos tan acostumbrados, en esa época si necesitabas localizar a una persona no era cuestión de presionar un botón, en realidad tenias que ir a buscarla.
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