
Las palabras que salieron de su boca aún no puedo recordarlas, fue como si estuviera en un episodio de Charlie Brown donde las palabras de los adultos eran las notas de una trompeta ahogada, solo supe que su contenido no estaba relacionado con el episodio que había protagonizado y casi me desmallo cuando mi compañero de pupitre se levanto rumbo a su escritorio, fue en ese momento cuando adivine que la maestra había pedido su tarea. Aaron siempre era el que tenía que entregar primero (y tiempo después entendí porque), la felicidad que sentí en ese momento no podía ser mayor y ya nada parecía que fuera a delatarme, el resto de nosotros fue a entregar su tarea justo antes de la hora de la salida, tal como lo hacíamos todos los días y al finalizar el sonido del timbre no dijo ¡¡Riiiiinnnnggg!!, sino un grito que decía –¡¡Libertad, Libertad, Libertad!! –; era el momento más feliz que hasta ese instante podía recordar y la dicha que sentí de ver a mi madre en la puerta de salida no podía compararse a ninguna otra. Este sería el desenlace de mi aventura, tragedia momentánea superada por mi determinación de salir adelante, ahora me sentía como un héroe de alguna epopeya pero tristemente el sonido de la bocina llamando a mi madre parecía convertir todo aquello en una tragedia digna de dramaturgos griegos.

Mi madre, la directora y mi monstruosa maestra protagonizaban una lucha verbal de la cual el resto de las madres de mis compañeros eran espectadoras, yo solo podía ver esa escena que había ocasionado, pero de un momento a otro la cosa se tornó hacia la dirección opuesta, mi madre con su agudeza y bien estructurada retorica barría a las dos “Educadoras”, insistía en preguntar por qué no dejaban salir al baño, no parecía coherente que para preservar la disciplina tuviéramos que ensuciar nuestros pantalones; en ese instante se le unieron otras madres que habían detectado el mismo problema, pero sus hijos habían temido relatar los detalles por miedo a las represarías, todo parecía muy diferente, como si la justicia hubiera llegado a nuestro mundo de martirios. Mi madre amenazó con demandarles, con revocarle su cédula profesional, con recurrir a las autoridades para esclarecer todas estas atrocidades. Uno a uno fueron los niños confesando las torturas de las cuales éramos victimas debido a la suplica de sus madres, y a mi progenitora se unieron otras que indignadas por el maltrato de sus hijos exigieron la dimisión del ogro que nos aterrorizaba.
No duré mucho en esa escuela a lo mucho fue una semana, después fui trasladado a otra escuela por decisión de mi querida madre, nada me hizo más feliz y esta aventura finalmente se convirtió en tragedia pero no para un servidor sino para la maestra que nos torturaba.
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