jueves, 20 de agosto de 2009

Aventuras de Serenata 3/4

Salió Marco con cara de preocupación y nos dijo que no había ingresado nadie con su descripción, pero el interno de turno le dijo que tal vez se lo habían llevado a otro hospital, nos separamos en dos grupos, ellos buscarían en varios hospitales y nosotros iríamos a Barandilla, nos reuniríamos en unas horas en la casa de Roberto. Decir que nos trataron mal en la improvisada cárcel de paso sería decir poco y tuvimos que esperar una eternidad a que nos dieran los nombres de los inquilinos de ese establecimiento, el trato mejoró cuando Sor Juana hizo su aparición, busque en el libro el nombre de mi amigo, había nombres, apodos, hora de llegada y delito; repase dos veces la lista y el nombre de “Jesús” llamo mi atención –Este va a ser–, en el delito aparecía “vagancia” o eso creí leer ya que la letra del que escribía era peor que la mía, –¿Y los apellidos? –, huy joven, hay unos que vienen tan mal que no se acuerdan ni de su nombre. Entré por un pasillo acompañado del encargado en turno, el lugar tenía un fuerte olor a humano y sus secreciones, llegamos a una ventana que en lugar de cristal tenía una maya como el de un lote baldío, un policía traía amagado a un joven como de mi edad, delgado, andrajoso y bastante drogado. Era definitivo este no era mi desaparecido amigo.

Muy sonriente (si es que a eso se le puede llamar dentadura) apareció el sospechoso tocayo del desaparecido, contento tal vez por que pensó que venían a liberarlo, cuando lo tuve de frente le dije al custodio que ese no era, –Ora pinche vato, no me desconozcas carnalito. ¡Soy yo, tu cuñado pregúntale a tu hermana! – decía mientras se reía a carcajadas, tal vez por el mal chiste o por el efecto de lo fuera que hubiese inhalado, me sentí tentado a pensar en que era lo segundo. El custodio me dijo muy seriamente: fíjate bien güerito, no quiero que regresen al rato y me digan que dijo mi mamá que siempre si era. Como me exaspera que me digan güerito, pero no iba hacerle compañía al drogadicto este por mentarle su madre a un custodio; no este no es, estoy seguro, –¿Cómo que no pendejo?; ¡Sácame de aquí güerito o te parto tu madre!, ¡Suéltame cabrón, suéltame!–, y van dos con lo mismo. Salí bastante enojado por el mal rato que había pasado, ese lugar ya me tenía bastante estresado y tenía que seguir buscando al que habíamos perdido, el tiempo se nos estaba acabando. -¿Qué paso?; me preguntaba Arturo, - No esta aquí; ¿Ahora a donde vamos?; dije con frustración y coraje en mi voz, un silencio se hizo presente en ese mismo instante, me di cuenta en ese momento y la voz del copiloto dijo lo mismo que mis pensamientos: solo queda ir a al SEMEFO. Nunca había tenido que ir a buscar un amigo a la morgue y no voy a mentir al decirles que no me apresure en llegar a nuestro destino, pensaba en lo que tendría que decir a su familia, a la cara que su madre pondría, al llanto, a la culpa que me cargaría toda la vida, cuando me levanté la mañana anterior no me imaginaba que estaría ante esta situación, pero ahora tenia que afrontar la posibilidad de tener que enterrar a un querido amigo.

Nos conocimos en la secundaría y fuimos amigos desde entonces, nos reuníamos todas las mañanas a jugar básquetbol habíamos desarrollado esa camaradería que tienes con las personas que se convierten en protagónicos de tu vida, conocía a sus padres, conocía a sus hermanos y conocía su afición por los comics, era casi tan grande como la mía. Los dos leíamos a Karmatron y su filosofía, discutíamos sobre quien ganaría en una pelea entre Superman y el Hombre Araña, hablábamos de las chicas que nos gustaban y de cómo imaginábamos que se verían desnudas (teníamos 16 años). Tantos momentos habíamos compartido entre todos los que lo buscaban, todos éramos amigos desde la secundaría, todos menos el estúpido que esa noche se nos había pegado, ya no tendríamos esas discusiones, no hablaríamos mas de mujeres y no llevaríamos más serenatas juntos. Me estacione en la entrada, una luz en el fondo nos decía que había alguien en el edificio, el nudo era intenso en mi garganta y los nervios no me dejaban bajarme, no quería soltar el volante, no quería encontrar a mi amigo en una plancha muerto con un tiro, estuvimos en silencio sin ganas de bajarnos por un momento.

Continuara...

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