Estaba en el segundo año de primaria y esta era mi segunda escuela debido a un incidente que relataré después con más calma, la escuela era solo para niños, de hecho y aunque parezca increíble en la ventana de mi salón había un letrero que decía “Prohibida la entrada a niñas” con la silueta de una niña en negro y el círculo rojo con la característica banda roja, las educadoras eran las únicas personas del sexo femenino en todo el edificio, la disciplina era muy estricta y nuestra profesora parecía un personaje sacado de algún cuento de brujas, tanto miedo le teníamos que ya había ocasionado varios traumas psicológicos entre mis compañeros, el silencio en el salón era mayor al de un cementerio, temíamos inclusive hacer ruido con el lápiz al escribir y de pronto el silencio es roto de un solo golpe por la voz que temíamos más que la del mismo demonio –Voy a salir un momento, y no quiero que nadie salga del salón ¡Por ningún motivo!, el que se atreva a salir se va arrepentir de haber nacido– el sonido de los tacones cerró la declaración ya bien conocida por todos y de forma instantánea regresamos a nuestro sepulcral silencio.

Salió y mientras algunos aún temblaban de miedo, yo recibía el llamado de la naturaleza; no era raro que la profesora saliera, tampoco que se tardara y mucho menos que a su regreso ridiculizara, insultara y castigara aquellos que se habían orinado encima, en lo que iba del año escolar ya eran 2 niños y todo parecía indicar que yo sería el tercero. Primero fue el autoengaño: puedo aguantarme hasta que ella llegue –dije para mí–, después la desesperación: ¿por qué no llega esa maldita vieja? Y finalmente la aceptación: Me voy hacer en los pantalones. Pero no podía hacerlo, tenía que explorar mis opciones reales y el hacerme en el pupitre petrificado de miedo no era una opción, ¿Entonces qué? –Piensa, piensa, piensa– vi el bote de basura iluminarse celestialmente y tal como en las caricaturas se prendió una bombilla en la parte superior de mi cabeza, mientras mis compañeros que por mi cara adivinaron mi predicamento esperaban el desenlace desafortunado: ¿va a llorar? ¿Cerrará los ojos y esconderá la cara en el pupitre? Todo esto se leía sin mayor problema en sus rostros, mientras yo pensaba –Eureka–.
Me puse de pie, fuerte, seguro de mi mismo como el hombre más valiente del mundo y ante la mirada escéptica de todos camine con paso firme hacia el bote de basura situado al lado del escritorio de doña macabra, solo se escuchaban susurros diciendo –No lo hagas por favor, no te salgas–, Pero yo estaba decidido, era la solución perfecta no había niñas en mi clase (ni en la escuela), así que no había de que avergonzarse, no contradecía las ordenes de la maestra ya que todo el tiempo permanecería dentro del salón y finalmente no tendría que humillarme ensuciando mis pantalones, este pensamiento fluía agradablemente en mi mente mientras descargaba mi vejiga en el bote de basura, en este punto me sentí solo en el mundo como si no estuviera compartiendo ese íntimo momento con todo el salón y finalmente pensé –Soy un genio–, una vez consumado mi plan volteé solo para ver las caras de horror, asombro y de uno que otro que decía –Nos van a regañar a todos–, en ese momento recordé el por qué no sólo fui al baño y me di cuenta de la gravedad de mi error en ese momento frente al salón lleno de miradas acusadoras no pude evitar pensar –Soy un estúpido–.
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